Centro Social de Goiáns. Xoane, A Coruña

Goiáns, Xoane, Arquitectura, NULA Studio, Laia Cervelló, Miguel Fernández-Galiano

Centro Social de Goiáns. Xoane, A Coruña
Arquitectos: NULA Studio (Laia Cervelló y Miguel Fernández-Galiano)
Fotografías: Luis Díaz Díaz

 

El Centro Social de Goiáns responde a una ausencia concreta: la única parroquia de Carballo sin un lugar de encuentro. Para casi 500 vecinos dispersos en un territorio marcado por la despoblación y la distancia, el edificio no llega como equipamiento administrativo, sino como gesto —un punto de reunión físico y simbólico que devuelve presencia y continuidad a la vida comunitaria. En un contexto donde las viviendas se encuentran aisladas unas de otras y la vida compartida se diluye en la dispersión del territorio, la arquitectura asume aquí una responsabilidad que va más allá de lo espacial: la de recordar que una comunidad existe, que tiene un centro, que merece un lugar propio.

 

Goiáns es también una parroquia con identidad. Su tradición panadera, arraigada en el territorio y en la memoria colectiva, habla de una comunidad que históricamente ha sabido producir, compartir y celebrar en torno a gestos cotidianos. El edificio no ignora ese sustrato: lo toma como punto de partida para imaginar un espacio que no sea solo funcional, sino culturalmente reconocible, capaz de alojar tanto la reunión vecinal como la celebración, tanto el taller como la exposición, tanto el encuentro improvisado como el acto programado.

Situado en un pequeño valle visible desde las tres carreteras que convergen en la parroquia, el proyecto asume desde el primer momento una condición representativa. Su forma es la suma de varias casas a dos aguas que, al unirse, conforman un único volumen reconocible desde la distancia. La agregación no es solo una decisión compositiva: cada cubierta evoca la escala doméstica y cercana de la vivienda gallega, mientras que su unión construye una identidad nueva y colectiva. La comunidad entendida, literalmente, como la suma de sus partes. Un edificio que no impone una forma exterior sino que la construye desde adentro, desde la lógica de lo que ya existe en el paisaje.

 

La referencia a la arquitectura popular gallega —muros gruesos, aberturas contenidas, cubiertas pronunciadas— se reinterpreta desde una lógica contemporánea y sin nostalgia. El exterior aparece cerrado y opaco, casi hermético, fiel a la tradición de una arquitectura que se protege del clima antes de abrirse al paisaje. Pero en el interior, una serie de patios, huecos estratégicos y un porche cubierto que prolonga el salón de actos hacia el exterior transforman radicalmente la experiencia del espacio, llenándolo de luz natural y revelando una riqueza espacial que la fachada no anticipa ni promete. Lo que desde fuera parece introvertido, desde dentro resulta luminoso y generoso.

Todo el programa —salón de actos, espacio expositivo y cocina— se concentra bajo una planta cuadrada perfecta de 21 × 21 metros, cubierta por una lámina de hormigón armado de 20 cm que se rigidiza al plegarse y apoya únicamente en sus dos extremos, como si de un folio doblado se tratase. El pliegue no es solo estructura: cualifica los distintos usos mediante variaciones de altura y luz, manteniendo la continuidad de un único ámbito común que puede leerse como uno solo o subdividirse según la ocasión. La sección cambia, el espacio respira de manera distinta en cada zona, pero la continuidad nunca se rompe.

 

Los acabados llevan la eficiencia constructiva hasta el límite sin renunciar al carácter. Un proyectado impermeabilizante rojo al exterior y lana de roca al interior actúan simultáneamente como protección, aislamiento y presencia material: el mínimo material necesario para hacer el máximo con él. El color rojo de la cubierta no es un capricho, sino una decisión de paisaje: el edificio se hace visible, se convierte en referente, se instala en la memoria de quienes lo ven desde las carreteras que rodean el valle.

Funcionalmente, el centro se plantea como un espacio flexible y abierto, capaz de acoger reuniones vecinales, actividades culturales, talleres y celebraciones sin que ninguno de esos usos colonice definitivamente el espacio ni excluya a los demás. Más que un equipamiento, el proyecto aspira a convertirse en un catalizador de relaciones: un lugar donde la vida compartida vuelva a tener presencia y continuidad, donde la cultura sea una manera natural de cuidar el territorio y de vivir mejor en él.

 

 

 

 

Goiáns, Xoane, Arquitectura, NULA Studio, Laia Cervelló, Miguel Fernández-Galiano

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